Dentro de mí hay afanes

de guardián de calles nocturnas

y barrendero de sombras al alba.

Son las horas

en que la gran ciudad se parece a todas,

resumida en íntimo espacio de animales nocturnos y cosmopolitas, repetidos.

Duerme

la gran ciudad, duermen

los monstruos de acero y cemento

Multiformes,

Duerme

el inmenso ejército

de espantosos insectos metálicos.

El espacio se libera,

mis pasos

a rienda suelta se pasean

por desiertos jardines y graves semblantes

petrificados, sobre pedestales

y en hornacinas.

Me he bebido la noche: el estómago,

agitado por mil danzas, ha realizado

el más complejo e irrepetible de los cocktails.

Dan las primeras luces

del día en el parque

y aún hay fandangos

por los bancos, por los suelos.

En la hierba o en las piedras

pulidas de cualquier monumento.

Hay también espirituales negros,

suaves cadencias de samba,

canciones flok de todos los países

y danzas ancestrales del norte y del sur,

del este y del oeste.

Las mangas de riego lloran emocionadas

por toda la ciudad, y las calles

lucen brillos de charol

en sus solapas mojadas.

Yo me retiro, cansada a dormir

el horrible día. En mi hombro aún quedan lágrimas y olores

Y miradas intensas de Nueva York

Y de Córdoba, de Pensylvania...