EL VISITANTE
Había mucha gente, todos hablando compulsivamente, nada significaba nada, palabras superficiales, coqueteos, disputas...
Sin motivo aparente él habló de setas, del bosque y ella, se quedó deslumbrada por aquél hombre. Porque, además, le hablaba a ella, sin motivo alguno le hablaba de setas, de árboles. ¿por qué a ella? Entonces, ella le contestó, no pudo evitarlo... no podía dejar escapar a un hombre así.....
Desaparecieron las demás personas de la sala. No existía nadie. Sólo ellos dos, abstraídos de la multitud. No se sabe cuánto tiempo pasó.
Esa noche, ella entre sueños, percibió un aliento en su nuca, y un dedo que dibujaba un corazón en su espalda
El visitante, descorrió las mantas y, junto con un soplo helado que se sofocó en pocos segundos, se acomodó a sus espaldas.
La mujer cerró los ojos y volvió a calcular el largo de ese cuerpo. Pero horizontalmente, todos sus puntos de referencia eran nada.
Los pies grandes se deslizaron bajo sus pies, las rodillas se encajaron tras las suyas, el vientre abombado se aplastó en su espalda y contra sus nalgas de luna llena sintió su sexo.
Ya había decidido no esperarlo, ninguna noche. No rechazarlo, ninguna noche.
Las manos anchas le ciñeron las caderas y el visitante se ajustó a ella por completo.
Le saboreó el cuello, tal y como degustaría sus platos sentado a la mesa grande.
Después, un mordisco la asaltó sobre el hombro. Sintió cada uno de los dientes que se hundían lentamente en su carne y tuvo la visión de un mordisco en una manzana roja. Una de esas manzanas maduras de las que ya no queda más remedio que seguir comiendo hasta borrar todo el rastro.
Cuando él entró en su cuerpo, ella trenzó un bozal con sus dedos ahogando el gemido que escalaba por su garganta, y se le entregó, en danza espiralada, hasta que lo tuvo por entero. Otra vez se sentía toda ella un manjar.
El visitante se arqueó en el aire soltando un bramido. Luego unos segundos de deliciosa calma, de latidos sonoros, lentamente él se retiró besándole la espalda, y desapareció en el mismo silencio en el que había llegado.
Al amanecer ella se despertó de repente, salió del dormitorio, bajó las escaleras y salió al campo a coger leña para encender la chimenea. Al abrir la puerta, se quedó paralizada y un escalofrío recorrió su alma. Estaba rodeada de setas blancas, enormes que crecían por todos sitios... entonces supo. Supo que él había visitado su casa.
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unaovarios dijo
Me ha encantado... (prefiero champiñones, así los cocino por la mañana) Besos
18 Septiembre 2007 | 08:07 PM