
Hoy, como si me oprimiera esa sensación antigua que a veces nos desborda, sólo desayuné un café, y como el camarero se dio cuenta de que no le pedía mi tostada habitual, al salir, se giró hacia mí y dijo: "hasta luego, y que se mejore."
Ante esta simple frase, mi alma se alivió como si en un cielo cubierto de nubes, el viento de repente, las apartara. Y entonces reconocí lo que nunca antes, había reconocido con claridad, y es que estos camareros de café, yo encuentro una simpatía espontánea, natural, que no reconozco en los que tratan conmigo en la mayor intimidad, impropiamente dicha...
La fraternidad encierra sutilezas...
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